
Cuando las tardes se acortan, la casa se recoge. Se encienden las velas antes de que anochezca, la madera oscura se templa junto al fuego y el aire huele a libro viejo y a cuero. Es la estación de la mente, en la que se lee sin prisa, se escribe a mano, se debate y se reflexiona hasta llegar al fondo de las cosas. Cada uno en su sillón y todos en la misma habitación, el otoño es una soledad compartida, con la dulce melancolía de lo que empieza a irse. Porque nunca se aprecia del todo lo que no se llega a entender.



